Quizá no sepa mucho de la vida

 

Mis cinco grandes Maestros

 

El camino de la Fe y el de la Reflexión sobre nosotros mismos

pueden ayudarnos a avanzar

 

Quizá no sepa mucho de la vida, quizá no sepa mucho de las personas, de su psicología, de sus juegos, de sus hábitos de vida, de habla, de pensamientos, de sentimientos, de actuación, de sus valores. Quizá he debido pagar un alto precio por vivir, por aprender a sólo Ser. Quizá mis pasos en esta tierra no sean recordados, quizá haya más en el mundo de lo que conocemos, o “creemos conocer”. Quizá el mal recibido, no fuera siempre para mi mal, quizá el bien recibido, también no siempre me haya ayudado. Quizá solo sea una persona más, un número más para el Estado, una cara más para la Gente.

Desde los cimientos, mi vida estuvo marcada por un sino trágico, todo lo que viviría en mi niñez y adolescencia, adolecía de amor verdadero, de sentido real, quizá debía aprender del sufrimiento, quizá solo se tiró la moneda y me tocaron muchas cosas en el camino: quizá más de las que les toca al común denominador de las personas. Quizá me hubiera gustado aprender más del amor y no tanto del dolor, aunque quizá no hubiera aprendido lo que hoy sé. O quizá sí.

 

Mis cinco grandes Maestros fueron y son: el Sufrimiento, el Amor, la Soledad, la Reflexión y la Fe.    

He sufrido mucho por “poner la otra mejilla” ante las cachetadas que me daba la vida y los otros, esos seres sociales, a los que livianamente les entregaba mi corazón. Quizá las palabras de mis mayores, tutores de niña, me dominaron y llevaron a ser demasiado inocente, sin capacidad de leer realmente sus corazones, sus actos para conmigo. Me decían una cosa y actuaban de otra, me construían un supuesto castillo de cristal y me hacían la “princesa” más desdichada. También recibía golpes e insultos, pero trataba de pasarlos de lado, amaba mi familia de origen, y se me hacía venerar a su “majestad”, era torturada en las mazmorras, pero eso “era por mi bien”, era insultada pero es que ya no podían con “esa chica”, y diversas palabras descalificadores que iban haciendo mella en mi autoestima, en lugar de empezar a quererme, a respetarme, me consideraba inferior al resto, y eso las personas, como los perros: pueden olerlo. Es como el miedo, el complejo de “inferioridad” se huele y la gente se aprovecha de una persona así. Sentía miedo a lo que había afuera, lo que mis mayores me inculcaron desde niña y adolescente, se iba convirtiendo en un “no temer a los de adentro”. Entonces cobraba cada vez más entidad el ser un ser “inferior al resto”, se lo disfrazaba de “sos diferente”, “sos débil”, “nosotros sabemos lo que es mejor para vos”. Y la manipulación estaba a la orden del día, era como si ejercieran un sacrificio, sacrificaban a la “traumada”, -o me llamaban con el rótulo descalificador que se les viniese en mente-, en pos de que ellos mantuvieran su Status Quo. Sabía que no sólo me costaría salir del círculo vicioso, sino que luego la Soledad se haría insoportable. Y así fue, me costó más de quince años salir del círculo tóxico, -cuando ya era joven y luego adulto-joven-. Pero cuando lo hice, fue con un dolor terrible, porque si bien la tortura en palabras y acciones ya no la sufría de forma directa, los recuerdos, el pensamiento que se hizo hábito en mí, sobre mí misma ya estaba instalado, las huellas que dejaron aquellos a los que alguna vez les entregué mi corazón, no se borran de un plumazo.

Luego, largos quince años vinieron, hay que remarla día a día, momento a momento, vienen amargos recuerdos, tristes desengaños se repiten en recuerdos fantasmales que vienen del pasado al presente, el miedo se transformó, pero continua: ¿y ahora qué hago con todo esto? Ya no sólo es un miedo a “que me sigan cagando”, sino es un miedo a ¿podré yo superar y seguir adelante sin mirar para atrás?

 

Los años pasan

 

Cuando te das cuenta de muchas actitudes y acciones de los otros, perjudiciales para con tu persona, encontrás que no eras tan inteligente como te hicieron creer, y que te usaron como un forro –o profiláctico-. Como un objeto, para satisfacer su necesidades : pasando por las más bajas,  como el que sirvas para satisfacción del Ego ajeno, hasta que otra persona te use para mostrarle a su entorno: cuán “caritativo” es, -o “solidario”- ayudándote.

Empezás a ver que los “valores” que te inculcaron eran una fachada y que las acciones de los otros eran contrarias a esos “valores” de respeto, amor, amabilidad, perdón, etc.

 

Los años se van pasando y encontrás que: Ó empezás de una vez a Vivir, y Vivís para ser Feliz y sos Feliz Viviendo. Ó seguís subsistiendo con terapia y medicamentos “para no soñar”, para no pensar, para no sufrir. O sobrevivís lo mejor que podés, siguiendo el camino marcado, todos tenemos de una forma u otra un destino, algo por el cual se nos marca un camino, una carrera como estudiante, un trabajo, un negocio que te dejó tu padre, una tarea que se fue dando, y podés distraerte un tiempo, pero tarde o temprano la vida pasa la factura. Y si fuiste víctima, te la pasa lo mismo.  

Empezás a decantar, vienen los recuerdos, vienen los balances, y pensás :  - pero qué poco rescato de positivo, o - estoy más solo/a que la una. Y sí, la vida te pasa la factura, si ejerciste de hijo de puta, te pasa factura; si ejerciste de Poncio Pilatos te pasa factura, o si ejerciste de boludo “tachito de basura” también te pasa factura. Siempre llega la Soledad y podés aceptarla, no sin sufrimiento y no sin dificultad. Pero quizá llega un momento en que después (y mucho después) de todo lo sufrido, de todo lo vivido, puedas decir - hasta acá llegué; y parás la pelota, reflexionás, no te apurás, balanceás que algo bueno tenés, y aunque no sea mucho: “Siempre se puede estar peor”.

 

¿Cómo se hace con los amargos recuerdos, frustraciones y desencantos?, ¿Cómo se hace con esa mochila de palabras oídas, golpes recibidos, vejámenes padecidos, o lo que nos hubiera tocado en mala suerte? ¿qué puedo hacer con esa mochila? Si uno cree que hay un Dios, o varios Creadores, que tienen cierta capacidad de Poder superior a nosotros, pues nos pudieron “Crear”, “Dar la vida, desde el nacimiento al presente”, -más allá de la familia que nos haya tocado (en buena o mala suerte)- si uno tiene la Fe de que hay un más allá, donde de algún modo las cosas se acomodan, donde de algún modo la Justicia, del “dar a cada uno lo suyo” se ejerza con la mayor Armonía posible, entendiendo lo Mejor para la Persona humana. Se puede pedir ayuda divina, que nos ayude a llevar la mochila, a llevar la pesada carga de sufrimientos pasados.  

Y tener la Fe de que eso sucederá indefectiblemente cuando los Seres de luz, así lo consideren oportuno. Y no es que alguien pueda refutar diciendo: “- Pero entonces vos crees que somos marionetas al servicio de uno o más seres superiores a nosotros, no es que acaso el destino esté en nuestras manos.” A lo que yo a esa persona que plantea ese pensamiento le diría: no es que piense que seamos marionetas de seres superiores, sino que pienso que sí podemos ser marionetas de otras personas, a quienes admiremos, querramos, etc. Y no es que piense que el destino esté sólo en nuestras manos, sino que nuestro destino depende también del entorno: de gente, de oportunidades (si las hubiera), y depende también de personas de carne y hueso que ocupan cargos de cierta jerarquía y superioridad respecto a nosotros, como seres sociales, -organizados justamente en una sociedad jerárquica-. La persona que me refuta puede decir: “-pero entonces a los seres superiores de luz (no los de carne y hueso), sino los “divinos”, por llamarlos de algún modo; ¿sólo les competería traernos a la vida y ayudarnos?.” A lo que a esa persona, le contestaría: no lo sé, probablemente sí, esa sea su tarea. Todo es una cuestión de Fe. Y la Fe no se discute, a lo sumo se puede creer otra cosa, cada cual es libre de creer en lo que quiera.  

Decía que se puede ir por el camino de la Fe, que es el que yo conozco, no sé si hay demasiados caminos para quienes hemos “sobre- sufrido” el poder seguir adelante. Si lo hay, aún no lo conozco, conozco el esfuerzo de querer seguir adelante y de no poder, porque el entorno te cierra las puertas. Conozco el camino de la soledad y de quedarse esperando que la vida pase. Conozco el camino de gente que no le he hecho nada y sin embargo en el mejor de los casos actúan de forma totalmente indiferente conmigo. Conozco el camino de salir a buscar quién te pueda rescatar, y volver con las manos vacías, y el corazón roto. Si uno no hace algo por sí mismo, nadie de afuera realmente puede ayudarnos.

Una vez que uno empieza a conocerse, Reflexionando: qué es lo que quiere para su vida y qué no. Cómo se comportó uno en tal situación y de qué forma uno no se comportó. Cómo se comporta uno en el presente y de que forma uno no se comportaría. Qué pensamientos vienen a nuestra cabeza en el presente, qué sentimientos tengo ahora mismo, qué me gusta de mi forma de comportarme y qué cambiaría de mi mismo y de mi vida, de qué forma puedo hacer ese cambio y qué de ese cambio -que me gustaría en mí y en mi vida- depende sólo de mi persona.

 

¿Qué puedo hacer y qué no?, de lo que puedo hacer ¿qué consecuencia me gustaría en mi vida y cuáles no?, de ¿qué forma puedo evitar las malas consecuencias?, ¿sólo con evitar actuar, hablar, comunicarme evito malas consecuencias para mi vida? ¿O quizá si actúo, hablo, me comunico puedo hacerlo sin involucrar mi corazón “en carne viva”, o comunicarme con otras personas sabiendo que la respuesta puede ser un “portazo en la cara”? Y que no permitiré, en lo que de mí dependa, que eso dañe mi integridad, ni mi dignidad. 

Los “portazos en la cara”, los silencios rotundos de la “indiferencia” de los otros, me hirieron en un pasado, ahora como se decía antes “ya no me cuezo en el primer hervor”, eso no quiere decir que uno deje de ser sensible, sino que uno se cuida y se quiere a sí mismo.

 

 

                                                                 Lic. Fernanda Inés Sucunza

 

 

                                                                                      Nota: 26 de mayo de 2017

 

El Encuentro

“ El encuentro enriquece nuestra vida personal, nos hace crecer, nos pone en camino de plenitud…

Pero ¿qué pasa cuando uno espera del otro una relación que el otro no está dispuesto a retribuir?

 

Somos seres sociales, afectivos y necesitados de amor, pero muchas veces no llegan esas personas que nos quieran bien, ya sea como familia, y/ó como amigos.  

Buscamos y necesitamos del gozo. El goce afecta sobretodo a los sentidos, el gozo es cosa del corazón, entendido como “la capacidad de vibración de una persona ante algo valioso”.  Como dice en Descubrir la grandeza de la vida, Alfonso López Quintás, hay un nivel 1 en la relación con un objeto o de algo que haga las veces de tal (incluso que puede ser otra persona *), para ser poseído, utilizado para un determinado fin.

Hay un nivel 2 de la relación de una persona con un objeto o con otra persona, donde hay un diálogo, una colaboración creadora, una conducta colaboradora, en el área de los “ámbitos”. Esta colaboración se da en un llamado “campo de juego común” que se llama “encuentro”.  

Volviendo a la idea del nivel 1 cuando, desgraciadamente la mayor parte de las personas se mueve con las otras personas en el nivel 1, eso puede estar diciendo que se rebaja una realidad de un nivel superior a otra de nivel inferior, es en palabras de Adolfo López Quintás, “la táctica siniestra de la manipulación que destruye la vida humana de raíz”.

El Nivel 2 es más difícil de alcanzar puesto que presupone de ambas partes de la relación, ya que toda relación tiene dos partes, una emisora y otra receptora y luego la receptora es emisora, y así en un constante fluir, de presencias, encuentros, que implican diálogos, miradas, sonrisas, o tristezas, en definitiva el compartir con el otro, es “estar”, es pasar “tiempo” con el otro, eso es lo valioso; nada más y nada menos que: el Tiempo.  A decir de nuestro autor las exigencias propias de este nivel son “la generosidad, la disponibilidad, la veracidad, la comunicación, la fidelidad, la paciencia, la cordialidad, la participación en tareas relevantes”…

A estos niveles los llamo la “primera piel” y la “segunda piel”, la piel es algo sensitivo, es lo que nos comunica con -y sobre- el entorno; recibimos y percibimos también las vibraciones, y comunicaciones del mismo. La piel juega un lugar importante en los sentidos, parece un concepto superfluo pero no lo es, contiene nuestro ser, nos da forma, es nuestra manera de ser “vistos” por los otros. En la primera piel, podemos tener una buena comunicación cuando vamos a hacer una compra y entonces la vendedora, por ejemplo, sabe generar un buen clima, el objeto u objetivo de uno es comprar y de la otra el vender, de esta forma en un buen contexto comunicativo, se realiza el objetivo de ambas partes. Y es valiosa la comunicación, se puede decir utilitarista, o mercantilista, y a nivel sensitivo, en el “qué bien me cayó la vendedora”, esa la primera piel.

Pero ¿qué sucede cuando en una relación una persona busca una amistad, un lazo, una reciprocidad, y resulta que ese otro, utilizó por ejemplo a la persona necesitada de amistad, le sacó lo que le resultara útil y luego la descartó como una botella usada? Entonces ese otro u otra utilizó a la persona necesitada de amistad, de una forma vil, la usó, consideró que pudo aprovecharla para determinados fines, quizá hasta inconcientes para sí mismo, y luego, por ejemplo pudo haber cortado abruptamente la relación. Recién se dijo que un caso de este tipo es rebajar una realidad de un nivel superior: la persona necesitada de amistad, y ese otro u otra la manipuló a su necesidad. De esta manera, se quedó en la primera piel, se manejó por sensaciones, pasajeras, y siguió su camino, quizá sin darse cuenta de que nunca se interesó verdaderamente por esa persona y que sin quererlo –concientemente- la hizo  “objeto de sus necesidades”.

 

En esta vida, en esta sociedad, sabemos que prepondera mucho el “use y tire”, es triste, pero de última los objetos, las cosas por lo general tienen repuesto, pero las personas no son repuestos, y tampoco un corazón herido se “arregla” tan rápido.

Por lo que nos preguntamos ¿qué pasa si una persona ya no sirve o no desea servir para satisfacción de los deseos o necesidades de quienes se manejan en el nivel 1 o en la primera piel ?

Bueno quizá lo más conveniente es que esa persona baje sus expectativas; o

lo que espera del otro, es decir donde antes buscaba relaciones en el nivel 2 y al verse impedido a través de los años, (la juventud siempre “garpa” más) esa persona quizá debiera aspirar a moverse societalmente lo mejor posible en el nivel 1 o en la primera piel; claro: sin usar a nadie, simplemente viviendo, aceptando la dura realidad de la soledad.

Para que haya encuentros en el nivel 2 o segunda piel, como ya vimos, deben de cumplimentarse ciertas condiciones en el entendimiento de López Quintás, en ambas partes de la relación ya sea la misma de amistad, en relaciones familiares, o de vecindad, entre otros tipos de vínculos. Tener relaciones afectivas de la segunda piel, es decir que lleguen al corazón, que ambas partes busquen y quieran compartir su tiempo con el otro, es muy difícil en esta sociedad. Tal vez a veces lo más sano es tener buenas relaciones, y comunicaciones en el nivel de la primera piel, para nosotros y para nuestra alma. Siempre estando perceptivos, cuando realmente se produzca el “encuentro” genuino, y satisfactorio donde haya un verdadero gozo.

No hay que perder nunca las esperanzas, pero ¡cuidado, que no se rebaje nuestra realidad de humanos, al nivel de los objetos!, en un “use y tire”, en que realmente se puede salir muy herido, y recordemos que no todo tiene repuesto, en esta vida.

 

Lic. Fernanda Inés Sucunza

 

Referencia Bibliográfica:

 

López Quintás, Alfonso: Descubrir la grandeza de la vida, Editorial Brujas, Córdoba, Argentina, 2004.-